Juan José Almagro

Beguin the beguine

Conferencia en el IV Encuentro Hispanoamericano de Responsabilidad Social Empresaria. Córdoba, Argentina, 4 y 5 de octubre de 2010. 

Creo que las ideas son buenas o malas en función de cómo se desarrollan. Y el que hoy estemos aquí celebrando o clausurando las IV Jornadas sobre Responsabilidad Social Empresarial es sin duda ejemplo de que una idea que pudo ser buena en su momento, gracias a las personas que se encargan de ejecutarla se convierte en una extraordinaria iniciativa.
Por eso me parece que hay que dar las gracias fundamentalmente a la gente que ha sido capaz de ponerlas en marcha desde la primera edición, Julio Bresso, Diego Sobrini y su equipo respectivos, los voluntarios, los ponentes, los moderadores, los patrocinadores, las empresas y las organizaciones que nos ayudan con su auspicio a sacarla adelante, y sobre todo hay que darle las gracias a vosotros. Lo digo siempre, con un día tan precioso estar encerrados oyendo hablar de RSE tiene un mérito profundo. No sé si os van a dar un diploma
cuando acabemos, pero si no os dan el diploma, os deberían dar el diploma y mil pesos por lo menos (risas). No sé si MAPFRE está en disposición, pero igual sí, en disposición estamos.

Tenía muchas ganas de venir a Córdoba, di una conferencia aquí hace siete años, en 2003. Cuando di esa conferencia, el IARSE acababa de nacer, por cierto, y estaban Alejandro y Luis, que cuando me vieron me dieron su tarjeta, y me inscribí en el IARSE, y hasta hoy.

Quería volver por dos razones, una porque quería decir en público que de aquella conferencia saqué dos conclusiones. La primera es que nunca hay que hacer los brindis antes de la conferencia, porque después de haber dado trescientas, no sé, creo que he dado quinientas o seiscientas, en mi vida me había pasado lo que en Córdoba hace siete años: una señora me interrumpió durante siete veces, constantemente, absolutamente borracha. Entonces, yo decía, tengo un libro entre las manos, y ella se levantaba y decía “efectivamente, tengo un libro entre las manos”. Y claro, esto ocurrió siete veces, no estoy contando una historia, aquí hay personas que son testigos de ese acontecimiento.
Fundamentalmente quería volver para que nadie me interrumpiera, por eso lo digo al principio.
Y en segundo lugar, quería venir porque las ciudades las crea el hombre para desarrollar en ellas la razón, la libertad, la educación, la sociabilidad con otros libres. Y cuando las ciudades son capaces de cumplir su destino y su razón de ser hacen que la vida de sus habitantes sea extraordinariamente dichosa, y seguramente Córdoba es un ejemplo de una ciudad de esa naturaleza, en donde podéis vivir, y vivir a gusto pensando en que es posible un futuro mejor. Vuelvo en mi viaje treinta a la Argentina, por segunda vez a Córdoba, y estoy feliz en Córdoba. Y no solo porque sois unas personas extraordinarias, sino porque este
acento cordobés es algo que no se olvida nunca jamás, la tonada cordobesa es la tonada cordobesa, en cualquier lugar del mundo. A mí me ha servido para entablar relación con muchos de vuestros compatriotas que andan por el mundo, y cuando les he dicho que eran de Córdoba se quedaban sorprendidos, pero así son las cosas. Así que gracias por permitirme una vez más estar aquí, y gracias por que vosotros estéis aquí.

Y naturalmente, vamos a hablar del regreso, habéis visto el efecto, esto es como en el retorno del Jedi, el regreso de la responsabilidad social, Beguin the beguine.

Dejadme que diga tres o cuatro cosas, que son tres o cuatro reflexiones que a mí me parecen importantes. La primera es que estamos viviendo, lo dijo Zigmunt Bauman, que recibirá el viernes próximo el premio Príncipe de Asturias de Sociología, o de Ciencia. Zigmunt Bauman vive en Inglaterra, y es un sociólogo con ochenta y pico de años, con una profundidad de pensamiento brutal. Entonces, él habla de una sociedad líquida frente a una sociedad
sólida, propia de la modernidad; estamos seguramente en la posmodernidad, y esta sociedad líquida nos ha llevado a que confundamos progreso con velocidad, y estemos buscando permanentemente atajos. A todos nos llega eso que se llama el síndrome de la impaciencia, y queremos tener las cosas en el instante, aquí, sin esperar, inmediatamente, sin sufrir para conseguirlas. Eso está ocurriendo en el mundo actual, porque desde hace algún tiempo se instaló entre nosotros eso que se llama facilismo. El término facilismo lo emplea en un artículo un compatriota vuestro que se llama Openheimer, y al final facilismo no es más que no nos cueste nada conseguir lo que queremos en cada momento. Parece como si los humanos nos hubiéramos olvidado en los últimos tiempos de eso que se llama cultura
del esfuerzo, cultura del trabajo, y cultura de la decencia.

Y como nos olvidamos de la cultura del esfuerzo, de la cultura del trabajo y de la cultura de la decencia, al final resulta que sabemos lo que pasa, pero no sabemos cómo hincarle el diente y resolver los problemas que tenemos. Nos aqueja la incertidumbre, y cuando la incertidumbre se apodera de nosotros, al final el miedo nos atenaza.

De una u otra forma, eso está instalado entre nosotros en este momento, como está instalada seguramente una segunda reflexión que me gustaría compartir con vosotros. Tony Judt, que es un británico que vivía en Estados Unidos y era profesor de la Universidad de Nueva York hasta que el 8 de agosto murió, decía que, desafortunadamente, los humanos estamos viviendo una especie de época del olvido. Hemos instalado un estilo de vida contemporánea que nos resulta natural, y que probablemente es fruto solo de los últimos dos decenios, de hace veinte o veinticinco años, porque el mundo es distinto desde esa perspectiva histórica. Y seguramente, sin ser capaces de entender cómo era el mundo, nosotros nos hemos metido en otro mundo, en el que nos resulta natural olvidarnos de lo que ha estado pasando hasta ahora.
Desde los años 80, los seres humanos hemos estado persiguiendo el beneficio, y el beneficio siempre, bajo cualquier condición, cuanto antes, ya, rico, todos ricos.
Y por último, otro sociólogo, que se lama Richard Sennett, lanza la idea del capital impaciente.
Y yo le pongo un subtítulo que es “y los directivos indecentes”. Cuando hace veinte o veinticinco años, empiezan a darse cuenta de que las acciones en lugar de mantenerlas y recibir dividendos, reditúan mucho más si uno es capaz de comprar y vender acciones inmediatamente, y tratar de hacerse rápidamente rico, el capital se vuelve impaciente, y para conseguir las mayores ganancias muchos directivos se vuelven indecentes, porque están vinculados a las ganancias a corto plazo.

Y eso ocurre cuando al mundo financiero los seres humanos les dejamos que se crean que el dinero es un fin en sí mismo. Cuando conseguimos darnos cuenta que el dinero no es un fin en sí mismo, seguramente es demasiado tarde. Y no es un fin en sí mismo el dinero, el dinero es un instrumento que nos sirve para hacer cosas, pero el mundo financiero de los últimos veinte, veinticinco o treinta años, ha puesto de relieve que lo importante era ganar plata. Cuanto más, mejor. El dinero era un negocio para conseguir más dinero, y así nos ha ido a los humanos en los últimos tiempos.

Por eso, propongo que, como decía Antonio Machado, cuando estemos hablando de estos temas repensemos lo que sabemos, quitemos del medio lo que hemos aprendido, y tratemos de aprenderlo, y dudemos, que es la única forma de empezar a creer en algo, y hagámoslo con honestidad intelectual, que me parece que es la única forma en que es posible hacer las cosas.

Así que, ¿dónde estamos? Pues mirad, a mí me parece que estamos en tres situaciones bien distintas.

La primera de las situaciones es que estamos pagando el precio de la irresponsabilidad. La crisis ha puesto de relieve que seguramente el costo que las instituciones públicas, anglosajonas especialmente, han puesto para reflotar grandes compañías ha sido tanto como el costo total de la segunda guerra mundial, incluido el Plan Marshall. Y esto es así.

Hemos privatizado los beneficios, y hemos estatizado las pérdidas, de forma tal que los beneficios iban para los de siempre, y las pérdidas resulta que nos las reparten entre todos.
Y todavía estamos pagando esas pérdidas, y yo no sé si alguien será capaz en algún momento de decirnos cuánto nos costó la crisis, quién la va a pagar, y cómo la va a pagar. Porque según pasa el tiempo, al final resulta que, probablemente, como ocurre muchas veces, la crisis, y su costo, se repartirá entre todos, entre todos y cada uno de nosotros, lo queramos o no lo queramos.

Un dibujante llamado “El Roto” pone esta viñeta extraordinariamente irónica y dura, pero que refleja la realidad de lo que está pasando. Nos llevamos millones, y el estado los repuso, ¿cómo pueden decir que el sistema no funciona? Ése era el antiguo sistema, éste era el sistema que nos ha llevado a la situación que estamos atravesando actualmente.

Segunda parte, estamos reordenando nuestras estructuras, y alguna referencia, porque hay nuevos actores y nuevos guiones. Y parece que no nos hemos dado cuenta de que Europa cada vez pinta menos, de que hay países emergentes tan importantes como China, como India, como Brasil, o como Iberoamérica en su conjunto, que el muro de Berlín desapareció en 1989, y que se incorporaron al capitalismo un conjunto de países que antes no estaban en él. El mundo es bien distinto a como era hace veinte años, y probablemente eso tendríamos que
empezar a tenerlo en cuenta, y a considerar que esto de que el dinero sea un fin en sí mismo nos ha llevado adonde nos ha llevado, y que sería bueno empezar a fijar algunas normas de conducta que a todos nos lleve por el camino que nos haga ser sostenibles en el futuro.

Ayer alguien habló aquí de sostenibilidad, y la verdad es que la mejor definición que hay de sostenibilidad la dijo quien fue tres veces primera ministra noruega, Gro Harlem Brundtland dijo que sostenibilidad es poder satisfacer las necesidades del presente, sin poner en peligro que futuras generaciones puedan también satisfacer sus propias necesidades. Eso nos corresponde a nosotros, alguna responsabilidad nos cabe a todos y cada uno de los hombres y mujeres que habitamos este mundo para que eso sea así. Y esas normas de conducta
a las que yo me refiero, desde un comportamiento ético, porque seguramente no hay otra manera de establecer esas normas de conducta, pasan por formarnos, la educación es lo menos material que hay, lo menos material que existe, pero seguramente es lo que conforma el hambre espiritual de los pueblos. Dice vuestro Sábato que la educación nunca puede convertirse en un privilegio, jamás puede convertirse en un privilegio. La educación nos saca del desarrollo y hace que seamos mejores socialmente, y hace que los países progresen económicamente. En ese suelo de la educación, está la base sobre la cual tendríamos que funcionar como personas, como grupo y como país. Y seguramente tendríamos que ser
capaces de establecer criterios de prudencia, sobre todo entre esos gestores que nos han estado manejando en los últimos tiempos, y no me refiero solo a los gestores bancarios. Y cuidar de nuestro buen nombre y de nuestra reputación, porque seguramente lo único que no se puede perder por las instituciones financieras y por nadie es la reputación. Además, tener sentido de la responsabilidad, que es no querer para otros lo que yo no quiero para mí
mismo. Y ser trasparentes, ser capaces de ver a través de lo que estoy haciendo, trans-parente, viene del latín. Cumplir aquello que Séneca dijo, y que cobra fuerza a medida que pasan los años y lo siglos, “di lo que debes y haz lo que dices”. También sirve para el panel de periodistas que hemos tenido anteriormente.

Naturalmente, un cierto sentido de austeridad, austeridad personal y austeridad institucional, que a todos nos viene bien, y el espíritu de servicio que es algo inmaterial pero que es algo que seguramente se reconoce a simple vista.

Estamos con nuevos actores con nuevos guiones, y estamos en un tercer punto que tiene que ver con algo fundamental, estamos volviendo a las andadas, porque de verdad como nos habíamos creído todos ricos, resulta que dejar de creerse rico es algo muy complejo.
Cuando uno se acostumbra a lo bueno, le cuesta dejarlo de lado. Y cuando uno duerme en un colchón maravilloso, al final le cuesta trabajo dormir en el suelo o sin colchón.

Y digo que estamos volviendo, porque yo estaba leyendo este libro, lo estoy terminando, y me parecía interesante leer un párrafo de lo que aquí se dice, para que veáis cómo estamos volviendo. El libro se llama “Algo va mal”, de Tony Judt, muerto en agosto. El libro es póstumo, se publicó en septiembre en España, lo publicó Taurus. Dice Tony Judt: “En 2005, el 21% de la renta nacional norteamericana estaba en manos de solo el 1% de la población. En 1968, el director ejecutivo de General Motors se llevaba a casa en sueldo y beneficios, unas 66 veces más que la cantidad pagada a un trabajador típico de General Motors. Hoy, 2010, el director ejecutivo de Wall Mart gana un sueldo de 900 veces superior al de su empleado medio. De hecho, este año se calculó que la fortuna de la familia fundadora de Wall Mart era aproximadamente la misma, 90.000 millones de dólares, que la del 40% de la población estadounidense con menos ingresos, 120 millones de personas.” Una familia tiene más que 120 millones de personas, y el primer ejecutivo de Wall Mart gana 900 veces más que el empleado promedio de Wall Mart. Dato que saco de un libro de un genio desafortunadamente
desaparecido a los 62 años.

Y, además, creo que tenemos que aprender a gestionar la empresa, tal como están las cosas. Y me diréis, “la gente gestiona las empresas”. No, miren, tenemos que gestionar la empresa de nuevo, aprender a gestionar la empresa de nuevo, de una forma diferente. Es decir, la empresa no es solo en este momento capital y trabajo, la empresa es seguramente una obra que realizan un conjunto de personas pensando en unos objetivos que tienen que sacar adelante, basándose
en una cultura, que es la llamada cultura de empresa, y tratando de que al tiempo que hace bien su trabajo, sea capaz de dar resultado, crear puestos de trabajo, ser innovadores, ser eficientes, ser competitivos, y además tener un fuerte compromiso social con la región, la ciudad, el país donde esté instalada esa empresa, o con el barrio, si es una Pyme.

Tenemos que aprender a gestionar la empresa de nuevo, y además tenemos que ser capaces de integrar nuevos conceptos que aparecen y desaparecen aunque no nos demos cuenta.
El primero de esos conceptos es la multilateralidad. Cuando Obama en su campaña electoral de hace dos años, hablaba del “yes, we can”, hablaba del “podemos”, en plural, porque en el fondo de lo que se trata ahora mismo es de que seamos capaces de articular procedimientos para que los organismos públicos y las empresas, las organizaciones y las empresas, las instituciones y las empresas, y todos de consuno seamos capaces de sacar adelante este mundo, porque es responsabilidad de todos, y no solo de las empresas, aunque esto se llame responsabilidad social de la empresa. Veremos al final por qué lo digo.

Está claro que la multilateralidad se impone. En un mundo global, las cosas probablemente se plantean localmente, pero tienen que tener soluciones globales, y la solución global solo viene si somos capaces de ponernos de acuerdo entre todas las partes.

La segunda cuestión es que ha desaparecido ya, a mi juicio, el liderazgo solitario, y ahora toma cuerpo y fortaleza lo que es el liderazgo solidario y comprometido. Vuestro Quino lo representa mejor que nadie en esta viñeta maravillosa. Un señor se saca una foto de su ombligo, y con la foto de su ombligo va a ver a un pintor, y le hace un encargo, el pintor pone cara de extrañeza, pero al final acaba pintando un maravilloso óleo de dos por dos, con el ombligo del señor que se lo encargó, y ese cuadro ocupa lugar de privilegio en la sala donde se reúne el directorio de la empresa, o el ministerio, o la organización, o la institución. Tendríamos que
ser capaces de olvidarnos de ese liderazgo solitario, y ser capaces de compartir.

Cuando seguimos pensando que somos el ombligo del mundo, nos estamos equivocando, porque basta sólo con levantar la vista. Cuando levantamos la vista, nos damos cuenta de que el mundo no se acaba donde alcanzan los ojos, porque si damos dos pasos, el horizonte avanza dos pasos, y si andamos un kilómetro, el horizonte anda un kilómetro. Siempre hay un horizonte más allá al que nosotros podemos llegar, con esfuerzo, naturalmente, pero al que podemos llegar siempre.

Hay otro aspecto que a mí me parece singularmente importante, que es el de la
multiculturalidad. Quino, una vez más, viene a sacarnos del problema, porque es un genio, y yo sólo leeré las palabras que aparecen en la viñeta, creo que no merecen mayor comentario.
Un narrador va diciendo: “Esto de la globalización sirve para que comprendamos que la gente de otras razas y otras culturas se enamoran de la misma manera que nosotros, y como nosotros hacen el amor, y de ese amor nacen hijos, a los que cuidan y quieren, como nosotros. Y también necesitan música para expresarse, bailar y divertirse como nosotros. Y lloran sus penas con lágrimas como las nuestras, y ríen su alegría a carcajadas como nosotros. Hasta alquilan las mismas películas que vemos nosotros, y comen igual fast food con las mismas gaseosas que bebemos aquí. Qué nos demuestra todo esto, dice el narrador, que ellos, aparentemente tan distintos, son como nosotros.” Todos los protagonistas se van, y el narrador se queda pensando, y cuando definitivamente se queda solo, dice: “se dice fácil, son como nosotros, ¿cuánto tiempo nos llevará empezar a decir somos como ellos?”

Probablemente, la solución de este mundo también comienza por empezar a preguntarse cuándo vamos a pensar “somos como ellos”, lo que significa no mirarse el ombligo, y lo que significa también colaborar con los demás en la solución que aqueja a este mundo que nos ha tocado vivir.

Un señor que se llamaba Schumpeter, y que fue catedrático de Hacienda y Ministro de Hacienda Pública en Austria, hacia 1950, escribió algunos libros y puso de relieve la teoría de la destrucción creadora. Decía Shumpeter que cuando uno alcanza una crisis, como la historia de la humanidad es una sucesión de crisis, lo que tiene que ser capaz es de meterse en una dinámica de cambio, porque los antiguos paradigmas ya no valen cuando llegan las crisis; nosotros nos damos cuenta de lo que hemos venido haciendo hasta ese momento no nos sirve para nada, y tenemos que buscar nuevos paradigmas y nuevas formas de hacer
las cosas, entonces, eso sólo se consigue de dos puntos de vista. Uno, desde la innovación, y la innovación no es inventarse cada día una cosa nueva, sino que lo que la innovación representa es ponerse en cuestión todos los días. Ayer por la tarde, un político citaba a Ortega, y decía que Ortega le llamó la atención a los argentinos, la frase exacta es “Argentina a las cosas”. Y Ortega decía que hay que ponerse en cuestión todos los días. Ponerse en cuestión todos los días significa de una u otra manera, preguntarse cada mañana, o cada tarde, o cada mediodía, o cada noche cuando voy a acostarme, qué puedo hacer para mejorar mi vida personal y mi vida profesional y ayudar a los demás.

Estamos en un mundo donde se impone la solidaridad, y eso deberíamos hacerlo desde otro instrumento maravilloso que es la educación. Insisto yo creo que sólo desde la educación, solo desde la cultura los hombres y las mujeres nos hacemos más hombres, más mujeres, más sabios, más demócratas, más libres, y seguramente también un poco mejores. Pero muchas veces, se olvida que la educación no es solo capacitación o formación, educa toda la tribu. Y en ese maravilloso libro, que se llama “Antes del fin”, que Sábato escribió pensando que se iba a morir, y todavía vive veinte años más, él cuenta una historia que le contó Léopold Sédar Senghor, yo lo he dicho algunas veces, pero me parece tan
entrañable. Senghor fue presidente de Senegal, miembro de la Academia Francesa, autor del término “negritud”, y Léopold Sédar Senghor le decía a Sábato, “mire, cuando en África en una aldea los chicos y las chicas, lo que hacen es formarse en la rodilla de su abuelo, mientras sus padres se van a la caza, o a conseguir algún trabajo y las madres pululan entre los cacharros y hacen la comida, los niños son educados por sus abuelos que les enseñan las cosas fundamentales de la vida, es decir, el amor y la muerte, y la alegría. Y
cuando a nosotros se nos muere alguno de esos ancianos, le decía Senghor a Sábato, es como si a ustedes los occidentales se les quemase una biblioteca de tres mil volúmenes”, porque probablemente la sabiduría está en el fondo del ser humano, y en algo que también hemos empezado a despreciar, como son los mayores.

Destrucción creadora y metamorfosis necesaria. Estaréis viendo en la pantalla que aparecen unas mariposas, titilantes, pero la mariposa no es más que una metamorfosis natural y ordenada. El gusano se convierte en capullo, y el capullo deviene en mariposa. Tal como están las cosas, nosotros no podemos hacer una transición ordenada de esa naturaleza, porque el mundo y las crisis nos han demostrado que es necesario que empecemos a ver las cosas desde otra perspectiva, que empecemos a gestionar la empresa con otras características,
que nos demos cuenta de que el mundo no se acaba en nuestro ombligo, sino que
es posible, es deseable, es mejor construir un mundo mejor, seguramente también entre todos. Y, por eso, tendríamos que buscar a la responsabilidad social, lo decía Adela Cortina, como una herramienta de gestión. No estamos hablando de marketing social, estamos hablando de otra cosa, de una forma nueva de fabricar el futuro. Estamos hablando de una medida de prudencia porque afecta fundamentalmente al conjunto de la organización, de arriba abajo, de abajo a arriba. Esto no es posible instaurarlo porque al presidente se le ocurre, tiene que bajar como mancha de aceite, llenar toda la organización, y que toda la
organización participe de esta maravilla que puede ser una nueva forma de hacer las cosas, pensando en la sostenibilidad y en el futuro. Y es una exigencia de justicia, estamos hablando de comportamiento ético. Cuando hablamos de comportamiento ético, estamos hablando de cómo los humanos tienen que ser capaces de relacionarse entre ellos.

Así que "beguin the beguine", esto es volver a empezar, a partir de cinco o de seis conceptos que a mí me vaya a permitir que os cuente, y sobre ello reflexione en voz alta con vosotros.
“Beguin the beguine” era una canción que cantaba Cole Porter, y a mí me parece que deberíamos ser conscientes, creo que nos hemos adelantado un poco, y los que nos dedicamos a esto creemos en los temas de responsabilidad social, parece como si ya estuviera todo hecho. Y resulta que tan solo hemos iniciado un camino, que es largo, tan largo que siempre podemos ir un poquito más allá, y además de ir un poquito más allá buscar permanentemente la posibilidad de hincar nuestras raíces en valores y en principios, y en darnos cuenta que la responsabilidad social, en el fondo, no es más que cumplir con nuestro deber, tener compromiso social, y cumplir la ley. A lo largo de estos días ha estado aleteando ese concepto, sin cumplimiento de la ley no se puede hablar de que una empresa o una organización sea socialmente responsable. El cumplimiento de la ley es exigible e inevitable, y la empresa o la organización, o el ciudadano que incumple la ley deja de tener esa condición de ciudadano o de empresa, o de organización, o de institución responsable. Sin cumplimiento de la ley, no podemos hablar de responsabilidad social. Lo primero es cumplir la ley,
y cuantas obligaciones se derivan de la ley, y ser transparentes, y tener un comportamiento ético. A partir de ahí vamos a empezar a hablar de otro conjunto de cosas.

Los buenos solo ganan a los malos cuando además de ser más, creen en lo que hacen. Por eso, es tan importante que aquí haya tanta gente joven, lo creáis o no lo creáis. Tuve la oportunidad también de contarlo ayer en la Universidad Católica de Córdoba, Nietzsche decía que al final una generación ha de comenzar la batalla, probablemente la nuestra, que otra generación, vosotros, tendréis que concluir y ganar. Esto no se consigue de la noche a la mañana, esto necesita mucho esfuerzo, mucho trabajo, mucha decencia, y poco facilismo.
Eso es lo que necesita. Y dependerá fundamentalmente de vosotros, y del mundo que queráis disfrutar en el futuro.

Primer punto el nuevo desafío. Segundo punto, el ser honesto. Me parece que tenemos el riesgo, la gente que nos dedicamos a esto de la responsabilidad social, o que hablamos de responsabilidad social, de convertirnos en una especie de casta privilegiada. Creo que escribimos y hablamos para nosotros, hacemos cosas que no entiende nadie, utilizamos un lenguaje críptico, y al final estamos todo el día pensando “hay que ver qué poco nos entienden”.
Cuando resulta que nosotros no hemos dado los pasos para que nos entiendan.

Creo que tenemos que ser honestos, y no prostituir desde dentro, porque hay demasiados nichos de negocios dentro de la responsabilidad social, lo que debería ser nuestro sincero compromiso con el futuro. Y no digo más.

Desde luego, no es un método para salir de la crisis el hacerse rico, o más rico, o salir corriendo. Eso le pasó a Madoff, que era seguramente el más rico. La ley no nos hace honestos ni deshonestos, la ley está para cumplirla. Y la ley sólo apunta a la solución del problema, al final una ley sin principios y sin valores se convierte en papel mojado, por eso importa que por debajo de la ley haya un sustrato moral indispensable que es lo que hace a las sociedades más justas, y más equitativas, a las sociedades y a las personas.

A mí me parece también que tendríamos que ser capaces de hablar el lenguaje de la calle, porque si no el riesgo que estamos corriendo es convertirnos en una especie de torre de Babel, en donde nadie sabe de qué estamos hablando. Y en esto de la responsabilidad social, permitidme que os lo diga, uno o es profesional porque cree en esto, o es apóstol porque cree en esto y no cobra. Lo que nunca podemos ser es mercenarios, nunca podemos ser en la RSE mercenarios. Cobrar por cobrar haciendo responsabilidad social o cualquier otra cosa, no sirve. La RSE o se cree o no se cree. Lo que no se puede es estar dentro sin creer en ella haciendo como si no interesasen los problemas que se derivan de esta nueva
forma de gestionar la empresa y la organización.

Una manía que me ha entrado a mí en los últimos tiempos, yo creo que tendríamos que ser capaces de hablar de parte de interesados, de grupos de interés. Por qué os lo digo: cuando Freeman lanza la teoría de los stakeholders, se traduce al castellano como “grupos de interés”, creo que equívocamente, porque al final el grupo de interés está sólo a un centímetro de convertirse primero en un grupo de interés económico, y después en un grupo de presión, lo que sería mucho más peligroso. Los grupos de interés económico se sitúan fuera del núcleo. Y los grupos de presión todavía más fuera, pero influyen directamente en ese núcleo. A mí me gustaría que fuésemos capaces, cada uno en su empresa, y en su organización, de establecer un mapa de partes interesadas, en donde esas partes como esa naranja que está dando vueltas, se integren como gajos dentro de la naranja. Una parte, la parte, es siempre una porción del todo. Y la parte, el gajo, sigue al todo, el conjunto de la naranja en su destino, y sufre las consecuencias del destino de la propia naranja. Hablemos de partes interesadas, de gente que esté realmente interesada en que la empresa, objetivo común hecho entre humanos, alcance aquello que se ha propuesto hacer. Además, hablemos
de derechos humanos. Ayer los políticos se equivocaron, no porque dijeran nada malo, sino porque el Pacto Mundial nace en el 99, definitivamente se desarrolla en el 2001, pero no es nada para que lo firmen los estados. Como bien sabéis, el Pacto Mundial es un compromiso de empresas y organizaciones en el cumplimiento de nueve puntos, en principio, que se convirtieron en diez cuando se añadió la lucha contra la corrupción. Probablemente se añada en el futuro otros que tengan que ver con la cooperación.

Pero en el fondo, esto demuestra que el nuevo rol que todos estamos jugando ha traído como consecuencia que hoy las empresas sean muy importantes en el mundo que estamos viviendo. Tan importantes, que hay diez mil empresas firmantes del Pacto Mundial en todo el mundo. Lo que no quiere decir que todo el mundo haga las cosas que el Pacto Mundial le pide, y que desarrolle y cumpla esos principios que aparecen en el Pacto Mundial. Pero, seguramente, el futuro pasa porque las empresas seamos garantes del cumplimiento de los derechos humanos, y no solo garantes sino fomentadoras de los derechos humanos,
cumplidoras exigentes de esos derechos, para que de una u otra forma le enseñemos a los estados que ellos no fueron capaces de poner en marcha eso que se llamó derechos humanos, y que nació en 1948, después de la Segunda Guerra Mundial. Nunca se cumplieron los derechos humanos, porque en muchos países no quisieron que se cumplieran. Y ahí tenéis la lista de las Naciones Unidas en donde sale el cumplimiento de los derechos humanos, y aparecen decenas y decenas de países en donde se pisotean los derechos humanos. La
importancia económica y social que hoy tienen las empresas, su compromiso con los derechos humanos y con el Pacto Mundial nos va a permitir seguramente que seamos capaces de articular un sistema en donde las cosas se hagan de una forma diferente, y en donde las personas estemos sustentadas por una peana que es la sociedad.

Es decir, lo más importante que hay en el mundo, más allá de empresas y organizaciones e instituciones son las personas, principio y fin de todas las cosas. Y lo social se justifica solo como peana de lo individual, lo social se tiene que justificar como plataforma de la persona.
Las personas tenemos que dirigir nuestros esfuerzos fundamentales.

A mí me gusta también hablar de responsabilidad social de las organizaciones. Está claro que las empresas no son el exclusivo ADN del mundo económico y social. Es verdad que las empresas son la mitad del PBI mundial, pero aquí hay organizaciones, instituciones y Estados, y hay medios de prensa. A todo el mundo tendríamos que pedirle responsabilidad social, por eso creo que cuando hablamos de responsabilidad social sin apellido, o poniéndole la “o”, responsabilidad social de las organizaciones, estamos metiendo en el mismo saco a este compromiso común que se llama el cumplimiento de nuestros deberes, el compromiso
con la sociedad que nos da cobijo, y el cumplimiento de la ley que al fin y al cabo es lo que fundamentalmente importa, sobre todo cuando hablamos de estos temas.

Mirad, yo creo que tendríamos que ser capaces de crear empresas y organizaciones ciudadanas, esas empresas, esas organizaciones, esas personas que además de tener claro lo que tienen que hacer y el cumplimiento de su deber son capaces de comprometerse socialmente, y de tener una relación de equidad con el conjunto de los grupos de interés que le rodean, o con las partes interesadas, porque siempre hay un horizonte ético de responsabilidad sin el cual la vida en común es imposible.

Si recordáis “Rebelión en la granja”, 1984, el famoso autor inglés que las produjo, que era un especialista en Dickens, cuando en 1952 dicta una conferencia hablando de Dickens, lanza el concepto del common decency, de la decencia en común. Es decir, de la infraestructura moral básica que hace que las empresas, las organizaciones y las personas puedan ser más justas y más equitativas. A la búsqueda de esa decencia común, a la búsqueda de ese sustrato moral básico que nos haga seguramente diferentes, pensando en el futuro, es hacia lo que tenemos que dirigir nuestros pasos las personas que creemos en esto de la
responsabilidad social.

Y os dejo, para acabar, un hermosísimo verso de Walt Whitman, que cuando hablaba de personas y de futuro fue capaz de escribir: “Surgirá un nuevo orden y sus hombres serán los sacerdotes del hombre, y cada hombre será su propio sacerdote”. Muchas gracias.

Preguntas del público al disertante

Pregunta: Hace veinte años, la responsabilidad social estaba a cargo del Estado, en términos de educación, salud, seguridad, justicia. Hoy es como que esa responsabilidad social se la estamos transfiriendo a las empresas ¿estaremos privatizando la responsabilidad social?

JA

Hemos estado en trance de privatizar la responsabilidad social. Hace veinte años, y hace más todavía, el papá Estado respondía de todo. Cuando hace veinte o treinta años, empiezan a privatizarse empresas que prestaban servicios públicos, la gente empieza a pedirle a esas mismas empresas, acá y fuera de acá, que le den lo mismo que el Estado les daba, desde tarifas bonificadas, beneficios sociales, y un montón de cosas más. Está claro que desde hace treinta
años, las empresas, el mundo ha sufrido una transformación económica de tal naturaleza que las empresas hoy, como dije al principio, tienen tanta importancia en el mundo económico que suponen prácticamente la mitad del PBI mundial. Eso supone que la empresa tiene que representar un nuevo rol que hasta entonces no representaba, porque son algo más que grupos de personas, donde se juntan el capital y el trabajo, y sacan adelante un proyecto. Hoy la empresa le importa a sus accionistas, a sus proveedores, a sus clientes, a su sindicato, a los medios de
comunicación, y a todo el mundo; al lugar donde esté instalada esa empresa, y a todo el mundo, sea grande o pequeña. Porque una tienda me importa a mí que funcione bien, siendo una Pyme, cuando está en un barrio y es capaz de ofrecer la mejor alimentación, con cercanía posible, a los vecinos de ese barrio, y además también es capaz de fiarte cuando no tienes dinero, y tú le pides kilo y medio de mortadela para alimentar a los tuyos. Está claro que no estamos privatizando la
responsabilidad social, pero sí estamos haciendo que el mundo entero se percate, empresas, organizaciones e instituciones, de que si esto lo queremos sacar adelante es obligación y tarea de todo el mundo. Multilateralidad, en un mundo global, las soluciones son globales. Lo que no podemos es continuar en un mundo global en donde la brecha entre países ricos y países pobres en lugar de aproximarse, se distancia, y más que brecha se convierte en cima.

Pregunta: ¿La responsabilidad social es un concepto esencialmente económico, o tiene una trascendencia espiritual?

JA

Creo que tiene un origen no espiritual, pero sí muy importante porque estamos hablando de compromiso ético. La responsabilidad social es sobre todo un compromiso ético, y eso al final se traduce en algunas acciones de tipo económico. Pero el compromiso ético parte fundamentalmente de los valores. Cuando hablamos de responsabilidad social, no estamos hablando de acciones, estamos hablando de valores que a su vez son capaces de crear valor. Y eso es lo que el mundo está demandando hoy, a las empresas, a las organizaciones,
y a las instituciones, y a los estados, sin que se estorben unos con otros. Pero que cada uno sea capaz de representar su propio papel, como realmente le corresponda. No les pidamos a las empresas más allá de lo que puedan dar, no les pidamos a los Estados más de lo que puedan dar, y entre todos pongámonos de acuerdo para hacer que los ciudadanos puedan vivir un poco mejor, que es de lo que se trata en definitiva.

 

Juan José Almagro