Beguin the beguine
Conferencia en el IV Encuentro Hispanoamericano de
Responsabilidad Social Empresaria. Córdoba, Argentina, 4 y 5 de
octubre de 2010.
Creo que las ideas son buenas o malas en función de cómo se
desarrollan. Y el que hoy estemos aquí celebrando o clausurando
las IV Jornadas sobre Responsabilidad Social Empresarial es sin
duda ejemplo de que una idea que pudo ser buena en su momento,
gracias a las personas que se encargan de ejecutarla se
convierte en una extraordinaria iniciativa.
Por eso me parece que hay que dar las gracias fundamentalmente
a la gente que ha sido capaz de ponerlas en marcha desde la
primera edición, Julio Bresso, Diego Sobrini y su equipo
respectivos, los voluntarios, los ponentes, los moderadores,
los patrocinadores, las empresas y las organizaciones que nos
ayudan con su auspicio a sacarla adelante, y sobre todo hay que
darle las gracias a vosotros. Lo digo siempre, con un día tan
precioso estar encerrados oyendo hablar de RSE tiene un mérito
profundo. No sé si os van a dar un diploma
cuando acabemos, pero si no os dan el diploma, os deberían dar
el diploma y mil pesos por lo menos (risas). No sé si MAPFRE
está en disposición, pero igual sí, en disposición estamos.
Tenía muchas ganas de venir a Córdoba, di una conferencia
aquí hace siete años, en 2003. Cuando di esa conferencia, el
IARSE acababa de nacer, por cierto, y estaban Alejandro y Luis,
que cuando me vieron me dieron su tarjeta, y me inscribí en el
IARSE, y hasta hoy.
Quería volver por dos razones, una porque quería decir en
público que de aquella conferencia saqué dos conclusiones. La
primera es que nunca hay que hacer los brindis antes de la
conferencia, porque después de haber dado trescientas, no sé,
creo que he dado quinientas o seiscientas, en mi vida me había
pasado lo que en Córdoba hace siete años: una señora me
interrumpió durante siete veces, constantemente, absolutamente
borracha. Entonces, yo decía, tengo un libro entre las manos, y
ella se levantaba y decía “efectivamente, tengo un libro
entre las manos”. Y claro, esto ocurrió siete veces, no
estoy contando una historia, aquí hay personas que son testigos
de ese acontecimiento.
Fundamentalmente quería volver para que nadie me interrumpiera,
por eso lo digo al principio.
Y en segundo lugar, quería venir porque las ciudades las crea
el hombre para desarrollar en ellas la razón, la libertad, la
educación, la sociabilidad con otros libres. Y cuando las
ciudades son capaces de cumplir su destino y su razón de ser
hacen que la vida de sus habitantes sea extraordinariamente
dichosa, y seguramente Córdoba es un ejemplo de una ciudad de
esa naturaleza, en donde podéis vivir, y vivir a gusto pensando
en que es posible un futuro mejor. Vuelvo en mi viaje treinta a
la Argentina, por segunda vez a Córdoba, y estoy feliz en
Córdoba. Y no solo porque sois unas personas extraordinarias,
sino porque este
acento cordobés es algo que no se olvida nunca jamás, la tonada
cordobesa es la tonada cordobesa, en cualquier lugar del mundo.
A mí me ha servido para entablar relación con muchos de
vuestros compatriotas que andan por el mundo, y cuando les he
dicho que eran de Córdoba se quedaban sorprendidos, pero así
son las cosas. Así que gracias por permitirme una vez más estar
aquí, y gracias por que vosotros estéis aquí.
Y naturalmente, vamos a hablar del regreso, habéis visto el
efecto, esto es como en el retorno del Jedi, el regreso de la
responsabilidad social, Beguin the beguine.
Dejadme que diga tres o cuatro cosas, que son tres o cuatro
reflexiones que a mí me parecen importantes. La primera es que
estamos viviendo, lo dijo Zigmunt Bauman, que recibirá el
viernes próximo el premio Príncipe de Asturias de Sociología, o
de Ciencia. Zigmunt Bauman vive en Inglaterra, y es un
sociólogo con ochenta y pico de años, con una profundidad de
pensamiento brutal. Entonces, él habla de una sociedad líquida
frente a una sociedad
sólida, propia de la modernidad; estamos seguramente en la
posmodernidad, y esta sociedad líquida nos ha llevado a que
confundamos progreso con velocidad, y estemos buscando
permanentemente atajos. A todos nos llega eso que se llama el
síndrome de la impaciencia, y queremos tener las cosas en el
instante, aquí, sin esperar, inmediatamente, sin sufrir para
conseguirlas. Eso está ocurriendo en el mundo actual, porque
desde hace algún tiempo se instaló entre nosotros eso que se
llama facilismo. El término facilismo lo emplea en un artículo
un compatriota vuestro que se llama Openheimer, y al final
facilismo no es más que no nos cueste nada conseguir lo que
queremos en cada momento. Parece como si los humanos nos
hubiéramos olvidado en los últimos tiempos de eso que se llama
cultura
del esfuerzo, cultura del trabajo, y cultura de la decencia.
Y como nos olvidamos de la cultura del esfuerzo, de la
cultura del trabajo y de la cultura de la decencia, al final
resulta que sabemos lo que pasa, pero no sabemos cómo hincarle
el diente y resolver los problemas que tenemos. Nos aqueja la
incertidumbre, y cuando la incertidumbre se apodera de
nosotros, al final el miedo nos atenaza.
De una u otra forma, eso está instalado entre nosotros en
este momento, como está instalada seguramente una segunda
reflexión que me gustaría compartir con vosotros. Tony Judt,
que es un británico que vivía en Estados Unidos y era profesor
de la Universidad de Nueva York hasta que el 8 de agosto murió,
decía que, desafortunadamente, los humanos estamos viviendo una
especie de época del olvido. Hemos instalado un estilo de vida
contemporánea que nos resulta natural, y que probablemente es
fruto solo de los últimos dos decenios, de hace veinte o
veinticinco años, porque el mundo es distinto desde esa
perspectiva histórica. Y seguramente, sin ser capaces de
entender cómo era el mundo, nosotros nos hemos metido en otro
mundo, en el que nos resulta natural olvidarnos de lo que ha
estado pasando hasta ahora.
Desde los años 80, los seres humanos hemos estado persiguiendo
el beneficio, y el beneficio siempre, bajo cualquier condición,
cuanto antes, ya, rico, todos ricos.
Y por último, otro sociólogo, que se lama Richard Sennett,
lanza la idea del capital impaciente.
Y yo le pongo un subtítulo que es “y los directivos
indecentes”. Cuando hace veinte o veinticinco años,
empiezan a darse cuenta de que las acciones en lugar de
mantenerlas y recibir dividendos, reditúan mucho más si uno es
capaz de comprar y vender acciones inmediatamente, y tratar de
hacerse rápidamente rico, el capital se vuelve impaciente, y
para conseguir las mayores ganancias muchos directivos se
vuelven indecentes, porque están vinculados a las ganancias a
corto plazo.
Y eso ocurre cuando al mundo financiero los seres humanos
les dejamos que se crean que el dinero es un fin en sí mismo.
Cuando conseguimos darnos cuenta que el dinero no es un fin en
sí mismo, seguramente es demasiado tarde. Y no es un fin en sí
mismo el dinero, el dinero es un instrumento que nos sirve para
hacer cosas, pero el mundo financiero de los últimos veinte,
veinticinco o treinta años, ha puesto de relieve que lo
importante era ganar plata. Cuanto más, mejor. El dinero era un
negocio para conseguir más dinero, y así nos ha ido a los
humanos en los últimos tiempos.
Por eso, propongo que, como decía Antonio Machado, cuando
estemos hablando de estos temas repensemos lo que sabemos,
quitemos del medio lo que hemos aprendido, y tratemos de
aprenderlo, y dudemos, que es la única forma de empezar a creer
en algo, y hagámoslo con honestidad intelectual, que me parece
que es la única forma en que es posible hacer las cosas.
Así que, ¿dónde estamos? Pues mirad, a mí me parece que
estamos en tres situaciones bien distintas.
La primera de las situaciones es que estamos pagando el
precio de la irresponsabilidad. La crisis ha puesto de relieve
que seguramente el costo que las instituciones públicas,
anglosajonas especialmente, han puesto para reflotar grandes
compañías ha sido tanto como el costo total de la segunda
guerra mundial, incluido el Plan Marshall. Y esto es así.
Hemos privatizado los beneficios, y hemos estatizado las
pérdidas, de forma tal que los beneficios iban para los de
siempre, y las pérdidas resulta que nos las reparten entre
todos.
Y todavía estamos pagando esas pérdidas, y yo no sé si alguien
será capaz en algún momento de decirnos cuánto nos costó la
crisis, quién la va a pagar, y cómo la va a pagar. Porque según
pasa el tiempo, al final resulta que, probablemente, como
ocurre muchas veces, la crisis, y su costo, se repartirá entre
todos, entre todos y cada uno de nosotros, lo queramos o no lo
queramos.
Un dibujante llamado “El Roto” pone esta
viñeta extraordinariamente irónica y dura, pero que refleja la
realidad de lo que está pasando. Nos llevamos millones, y el
estado los repuso, ¿cómo pueden decir que el sistema no
funciona? Ése era el antiguo sistema, éste era el sistema que
nos ha llevado a la situación que estamos atravesando
actualmente.
Segunda parte, estamos reordenando nuestras estructuras, y
alguna referencia, porque hay nuevos actores y nuevos guiones.
Y parece que no nos hemos dado cuenta de que Europa cada vez
pinta menos, de que hay países emergentes tan importantes como
China, como India, como Brasil, o como Iberoamérica en su
conjunto, que el muro de Berlín desapareció en 1989, y que se
incorporaron al capitalismo un conjunto de países que antes no
estaban en él. El mundo es bien distinto a como era hace veinte
años, y probablemente eso tendríamos que
empezar a tenerlo en cuenta, y a considerar que esto de que el
dinero sea un fin en sí mismo nos ha llevado adonde nos ha
llevado, y que sería bueno empezar a fijar algunas normas de
conducta que a todos nos lleve por el camino que nos haga ser
sostenibles en el futuro.
Ayer alguien habló aquí de sostenibilidad, y la verdad es
que la mejor definición que hay de sostenibilidad la dijo quien
fue tres veces primera ministra noruega, Gro Harlem Brundtland
dijo que sostenibilidad es poder satisfacer las necesidades del
presente, sin poner en peligro que futuras generaciones puedan
también satisfacer sus propias necesidades. Eso nos corresponde
a nosotros, alguna responsabilidad nos cabe a todos y cada uno
de los hombres y mujeres que habitamos este mundo para que eso
sea así. Y esas normas de conducta
a las que yo me refiero, desde un comportamiento ético, porque
seguramente no hay otra manera de establecer esas normas de
conducta, pasan por formarnos, la educación es lo menos
material que hay, lo menos material que existe, pero
seguramente es lo que conforma el hambre espiritual de los
pueblos. Dice vuestro Sábato que la educación nunca puede
convertirse en un privilegio, jamás puede convertirse en un
privilegio. La educación nos saca del desarrollo y hace que
seamos mejores socialmente, y hace que los países progresen
económicamente. En ese suelo de la educación, está la base
sobre la cual tendríamos que funcionar como personas, como
grupo y como país. Y seguramente tendríamos que ser
capaces de establecer criterios de prudencia, sobre todo entre
esos gestores que nos han estado manejando en los últimos
tiempos, y no me refiero solo a los gestores bancarios. Y
cuidar de nuestro buen nombre y de nuestra reputación, porque
seguramente lo único que no se puede perder por las
instituciones financieras y por nadie es la reputación. Además,
tener sentido de la responsabilidad, que es no querer para
otros lo que yo no quiero para mí
mismo. Y ser trasparentes, ser capaces de ver a través de lo
que estoy haciendo, trans-parente, viene del latín. Cumplir
aquello que Séneca dijo, y que cobra fuerza a medida que pasan
los años y lo siglos, “di lo que debes y haz lo que
dices”. También sirve para el panel de periodistas que
hemos tenido anteriormente.
Naturalmente, un cierto sentido de austeridad, austeridad
personal y austeridad institucional, que a todos nos viene
bien, y el espíritu de servicio que es algo inmaterial pero que
es algo que seguramente se reconoce a simple vista.
Estamos con nuevos actores con nuevos guiones, y estamos en
un tercer punto que tiene que ver con algo fundamental, estamos
volviendo a las andadas, porque de verdad como nos habíamos
creído todos ricos, resulta que dejar de creerse rico es algo
muy complejo.
Cuando uno se acostumbra a lo bueno, le cuesta dejarlo de lado.
Y cuando uno duerme en un colchón maravilloso, al final le
cuesta trabajo dormir en el suelo o sin colchón.
Y digo que estamos volviendo, porque yo estaba leyendo este
libro, lo estoy terminando, y me parecía interesante leer un
párrafo de lo que aquí se dice, para que veáis cómo estamos
volviendo. El libro se llama “Algo va mal”, de
Tony Judt, muerto en agosto. El libro es póstumo, se publicó en
septiembre en España, lo publicó Taurus. Dice Tony Judt:
“En 2005, el 21% de la renta nacional norteamericana
estaba en manos de solo el 1% de la población. En 1968, el
director ejecutivo de General Motors se llevaba a casa en
sueldo y beneficios, unas 66 veces más que la cantidad pagada a
un trabajador típico de General Motors. Hoy, 2010, el director
ejecutivo de Wall Mart gana un sueldo de 900 veces superior al
de su empleado medio. De hecho, este año se calculó que la
fortuna de la familia fundadora de Wall Mart era
aproximadamente la misma, 90.000 millones de dólares, que la
del 40% de la población estadounidense con menos ingresos, 120
millones de personas.” Una familia tiene más que 120
millones de personas, y el primer ejecutivo de Wall Mart gana
900 veces más que el empleado promedio de Wall Mart. Dato que
saco de un libro de un genio desafortunadamente
desaparecido a los 62 años.
Y, además, creo que tenemos que aprender a gestionar la
empresa, tal como están las cosas. Y me diréis, “la
gente gestiona las empresas”. No, miren, tenemos que
gestionar la empresa de nuevo, aprender a gestionar la empresa
de nuevo, de una forma diferente. Es decir, la empresa no es
solo en este momento capital y trabajo, la empresa es
seguramente una obra que realizan un conjunto de personas
pensando en unos objetivos que tienen que sacar adelante,
basándose
en una cultura, que es la llamada cultura de empresa, y
tratando de que al tiempo que hace bien su trabajo, sea capaz
de dar resultado, crear puestos de trabajo, ser innovadores,
ser eficientes, ser competitivos, y además tener un fuerte
compromiso social con la región, la ciudad, el país donde esté
instalada esa empresa, o con el barrio, si es una Pyme.
Tenemos que aprender a gestionar la empresa de nuevo, y
además tenemos que ser capaces de integrar nuevos conceptos que
aparecen y desaparecen aunque no nos demos cuenta.
El primero de esos conceptos es la multilateralidad. Cuando
Obama en su campaña electoral de hace dos años, hablaba del
“yes, we can”, hablaba del
“podemos”, en plural, porque en el fondo de lo
que se trata ahora mismo es de que seamos capaces de articular
procedimientos para que los organismos públicos y las empresas,
las organizaciones y las empresas, las instituciones y las
empresas, y todos de consuno seamos capaces de sacar adelante
este mundo, porque es responsabilidad de todos, y no solo de
las empresas, aunque esto se llame responsabilidad social de la
empresa. Veremos al final por qué lo digo.
Está claro que la multilateralidad se impone. En un mundo
global, las cosas probablemente se plantean localmente, pero
tienen que tener soluciones globales, y la solución global solo
viene si somos capaces de ponernos de acuerdo entre todas las
partes.
La segunda cuestión es que ha desaparecido ya, a mi juicio,
el liderazgo solitario, y ahora toma cuerpo y fortaleza lo que
es el liderazgo solidario y comprometido. Vuestro Quino lo
representa mejor que nadie en esta viñeta maravillosa. Un señor
se saca una foto de su ombligo, y con la foto de su ombligo va
a ver a un pintor, y le hace un encargo, el pintor pone cara de
extrañeza, pero al final acaba pintando un maravilloso óleo de
dos por dos, con el ombligo del señor que se lo encargó, y ese
cuadro ocupa lugar de privilegio en la sala donde se reúne el
directorio de la empresa, o el ministerio, o la organización, o
la institución. Tendríamos que
ser capaces de olvidarnos de ese liderazgo solitario, y ser
capaces de compartir.
Cuando seguimos pensando que somos el ombligo del mundo, nos
estamos equivocando, porque basta sólo con levantar la vista.
Cuando levantamos la vista, nos damos cuenta de que el mundo no
se acaba donde alcanzan los ojos, porque si damos dos pasos, el
horizonte avanza dos pasos, y si andamos un kilómetro, el
horizonte anda un kilómetro. Siempre hay un horizonte más allá
al que nosotros podemos llegar, con esfuerzo, naturalmente,
pero al que podemos llegar siempre.
Hay otro aspecto que a mí me parece singularmente
importante, que es el de la
multiculturalidad. Quino, una vez más, viene a sacarnos del
problema, porque es un genio, y yo sólo leeré las palabras que
aparecen en la viñeta, creo que no merecen mayor comentario.
Un narrador va diciendo: “Esto de la globalización sirve
para que comprendamos que la gente de otras razas y otras
culturas se enamoran de la misma manera que nosotros, y como
nosotros hacen el amor, y de ese amor nacen hijos, a los que
cuidan y quieren, como nosotros. Y también necesitan música
para expresarse, bailar y divertirse como nosotros. Y lloran
sus penas con lágrimas como las nuestras, y ríen su alegría a
carcajadas como nosotros. Hasta alquilan las mismas películas
que vemos nosotros, y comen igual fast food con las mismas
gaseosas que bebemos aquí. Qué nos demuestra todo esto, dice el
narrador, que ellos, aparentemente tan distintos, son como
nosotros.” Todos los protagonistas se van, y el narrador
se queda pensando, y cuando definitivamente se queda solo,
dice: “se dice fácil, son como nosotros, ¿cuánto tiempo
nos llevará empezar a decir somos como ellos?”
Probablemente, la solución de este mundo también comienza
por empezar a preguntarse cuándo vamos a pensar “somos
como ellos”, lo que significa no mirarse el ombligo, y
lo que significa también colaborar con los demás en la solución
que aqueja a este mundo que nos ha tocado vivir.
Un señor que se llamaba Schumpeter, y que fue catedrático de
Hacienda y Ministro de Hacienda Pública en Austria, hacia 1950,
escribió algunos libros y puso de relieve la teoría de la
destrucción creadora. Decía Shumpeter que cuando uno alcanza
una crisis, como la historia de la humanidad es una sucesión de
crisis, lo que tiene que ser capaz es de meterse en una
dinámica de cambio, porque los antiguos paradigmas ya no valen
cuando llegan las crisis; nosotros nos damos cuenta de lo que
hemos venido haciendo hasta ese momento no nos sirve para nada,
y tenemos que buscar nuevos paradigmas y nuevas formas de hacer
las cosas, entonces, eso sólo se consigue de dos puntos de
vista. Uno, desde la innovación, y la innovación no es
inventarse cada día una cosa nueva, sino que lo que la
innovación representa es ponerse en cuestión todos los días.
Ayer por la tarde, un político citaba a Ortega, y decía que
Ortega le llamó la atención a los argentinos, la frase exacta
es “Argentina a las cosas”. Y Ortega decía que
hay que ponerse en cuestión todos los días. Ponerse en cuestión
todos los días significa de una u otra manera, preguntarse cada
mañana, o cada tarde, o cada mediodía, o cada noche cuando voy
a acostarme, qué puedo hacer para mejorar mi vida personal y mi
vida profesional y ayudar a los demás.
Estamos en un mundo donde se impone la solidaridad, y eso
deberíamos hacerlo desde otro instrumento maravilloso que es la
educación. Insisto yo creo que sólo desde la educación, solo
desde la cultura los hombres y las mujeres nos hacemos más
hombres, más mujeres, más sabios, más demócratas, más libres, y
seguramente también un poco mejores. Pero muchas veces, se
olvida que la educación no es solo capacitación o formación,
educa toda la tribu. Y en ese maravilloso libro, que se llama
“Antes del fin”, que Sábato escribió pensando que
se iba a morir, y todavía vive veinte años más, él cuenta una
historia que le contó Léopold Sédar Senghor, yo lo he dicho
algunas veces, pero me parece tan
entrañable. Senghor fue presidente de Senegal, miembro de la
Academia Francesa, autor del término “negritud”,
y Léopold Sédar Senghor le decía a Sábato, “mire, cuando
en África en una aldea los chicos y las chicas, lo que hacen es
formarse en la rodilla de su abuelo, mientras sus padres se van
a la caza, o a conseguir algún trabajo y las madres pululan
entre los cacharros y hacen la comida, los niños son educados
por sus abuelos que les enseñan las cosas fundamentales de la
vida, es decir, el amor y la muerte, y la alegría. Y
cuando a nosotros se nos muere alguno de esos ancianos, le
decía Senghor a Sábato, es como si a ustedes los occidentales
se les quemase una biblioteca de tres mil volúmenes”,
porque probablemente la sabiduría está en el fondo del ser
humano, y en algo que también hemos empezado a despreciar, como
son los mayores.
Destrucción creadora y metamorfosis necesaria. Estaréis
viendo en la pantalla que aparecen unas mariposas, titilantes,
pero la mariposa no es más que una metamorfosis natural y
ordenada. El gusano se convierte en capullo, y el capullo
deviene en mariposa. Tal como están las cosas, nosotros no
podemos hacer una transición ordenada de esa naturaleza, porque
el mundo y las crisis nos han demostrado que es necesario que
empecemos a ver las cosas desde otra perspectiva, que empecemos
a gestionar la empresa con otras características,
que nos demos cuenta de que el mundo no se acaba en nuestro
ombligo, sino que
es posible, es deseable, es mejor construir un mundo mejor,
seguramente también entre todos. Y, por eso, tendríamos que
buscar a la responsabilidad social, lo decía Adela Cortina,
como una herramienta de gestión. No estamos hablando de
marketing social, estamos hablando de otra cosa, de una forma
nueva de fabricar el futuro. Estamos hablando de una medida de
prudencia porque afecta fundamentalmente al conjunto de la
organización, de arriba abajo, de abajo a arriba. Esto no es
posible instaurarlo porque al presidente se le ocurre, tiene
que bajar como mancha de aceite, llenar toda la organización, y
que toda la
organización participe de esta maravilla que puede ser una
nueva forma de hacer las cosas, pensando en la sostenibilidad y
en el futuro. Y es una exigencia de justicia, estamos hablando
de comportamiento ético. Cuando hablamos de comportamiento
ético, estamos hablando de cómo los humanos tienen que ser
capaces de relacionarse entre ellos.
Así que "beguin the beguine", esto es volver a empezar, a
partir de cinco o de seis conceptos que a mí me vaya a permitir
que os cuente, y sobre ello reflexione en voz alta con
vosotros.
“Beguin the beguine” era una canción que cantaba
Cole Porter, y a mí me parece que deberíamos ser conscientes,
creo que nos hemos adelantado un poco, y los que nos dedicamos
a esto creemos en los temas de responsabilidad social, parece
como si ya estuviera todo hecho. Y resulta que tan solo hemos
iniciado un camino, que es largo, tan largo que siempre podemos
ir un poquito más allá, y además de ir un poquito más allá
buscar permanentemente la posibilidad de hincar nuestras raíces
en valores y en principios, y en darnos cuenta que la
responsabilidad social, en el fondo, no es más que cumplir con
nuestro deber, tener compromiso social, y cumplir la ley. A lo
largo de estos días ha estado aleteando ese concepto, sin
cumplimiento de la ley no se puede hablar de que una empresa o
una organización sea socialmente responsable. El cumplimiento
de la ley es exigible e inevitable, y la empresa o la
organización, o el ciudadano que incumple la ley deja de tener
esa condición de ciudadano o de empresa, o de organización, o
de institución responsable. Sin cumplimiento de la ley, no
podemos hablar de responsabilidad social. Lo primero es cumplir
la ley,
y cuantas obligaciones se derivan de la ley, y ser
transparentes, y tener un comportamiento ético. A partir de ahí
vamos a empezar a hablar de otro conjunto de cosas.
Los buenos solo ganan a los malos cuando además de ser más,
creen en lo que hacen. Por eso, es tan importante que aquí haya
tanta gente joven, lo creáis o no lo creáis. Tuve la
oportunidad también de contarlo ayer en la Universidad Católica
de Córdoba, Nietzsche decía que al final una generación ha de
comenzar la batalla, probablemente la nuestra, que otra
generación, vosotros, tendréis que concluir y ganar. Esto no se
consigue de la noche a la mañana, esto necesita mucho esfuerzo,
mucho trabajo, mucha decencia, y poco facilismo.
Eso es lo que necesita. Y dependerá fundamentalmente de
vosotros, y del mundo que queráis disfrutar en el futuro.
Primer punto el nuevo desafío. Segundo punto, el ser
honesto. Me parece que tenemos el riesgo, la gente que nos
dedicamos a esto de la responsabilidad social, o que hablamos
de responsabilidad social, de convertirnos en una especie de
casta privilegiada. Creo que escribimos y hablamos para
nosotros, hacemos cosas que no entiende nadie, utilizamos un
lenguaje críptico, y al final estamos todo el día pensando
“hay que ver qué poco nos entienden”.
Cuando resulta que nosotros no hemos dado los pasos para que
nos entiendan.
Creo que tenemos que ser honestos, y no prostituir desde
dentro, porque hay demasiados nichos de negocios dentro de la
responsabilidad social, lo que debería ser nuestro sincero
compromiso con el futuro. Y no digo más.
Desde luego, no es un método para salir de la crisis el
hacerse rico, o más rico, o salir corriendo. Eso le pasó a
Madoff, que era seguramente el más rico. La ley no nos hace
honestos ni deshonestos, la ley está para cumplirla. Y la ley
sólo apunta a la solución del problema, al final una ley sin
principios y sin valores se convierte en papel mojado, por eso
importa que por debajo de la ley haya un sustrato moral
indispensable que es lo que hace a las sociedades más justas, y
más equitativas, a las sociedades y a las personas.
A mí me parece también que tendríamos que ser capaces de
hablar el lenguaje de la calle, porque si no el riesgo que
estamos corriendo es convertirnos en una especie de torre de
Babel, en donde nadie sabe de qué estamos hablando. Y en esto
de la responsabilidad social, permitidme que os lo diga, uno o
es profesional porque cree en esto, o es apóstol porque cree en
esto y no cobra. Lo que nunca podemos ser es mercenarios, nunca
podemos ser en la RSE mercenarios. Cobrar por cobrar haciendo
responsabilidad social o cualquier otra cosa, no sirve. La RSE
o se cree o no se cree. Lo que no se puede es estar dentro sin
creer en ella haciendo como si no interesasen los problemas que
se derivan de esta nueva
forma de gestionar la empresa y la organización.
Una manía que me ha entrado a mí en los últimos tiempos, yo
creo que tendríamos que ser capaces de hablar de parte de
interesados, de grupos de interés. Por qué os lo digo: cuando
Freeman lanza la teoría de los stakeholders, se traduce al
castellano como “grupos de interés”, creo que
equívocamente, porque al final el grupo de interés está sólo a
un centímetro de convertirse primero en un grupo de interés
económico, y después en un grupo de presión, lo que sería mucho
más peligroso. Los grupos de interés económico se sitúan fuera
del núcleo. Y los grupos de presión todavía más fuera, pero
influyen directamente en ese núcleo. A mí me gustaría que
fuésemos capaces, cada uno en su empresa, y en su organización,
de establecer un mapa de partes interesadas, en donde esas
partes como esa naranja que está dando vueltas, se integren
como gajos dentro de la naranja. Una parte, la parte, es
siempre una porción del todo. Y la parte, el gajo, sigue al
todo, el conjunto de la naranja en su destino, y sufre las
consecuencias del destino de la propia naranja. Hablemos de
partes interesadas, de gente que esté realmente interesada en
que la empresa, objetivo común hecho entre humanos, alcance
aquello que se ha propuesto hacer. Además, hablemos
de derechos humanos. Ayer los políticos se equivocaron, no
porque dijeran nada malo, sino porque el Pacto Mundial nace en
el 99, definitivamente se desarrolla en el 2001, pero no es
nada para que lo firmen los estados. Como bien sabéis, el Pacto
Mundial es un compromiso de empresas y organizaciones en el
cumplimiento de nueve puntos, en principio, que se convirtieron
en diez cuando se añadió la lucha contra la corrupción.
Probablemente se añada en el futuro otros que tengan que ver
con la cooperación.
Pero en el fondo, esto demuestra que el nuevo rol que todos
estamos jugando ha traído como consecuencia que hoy las
empresas sean muy importantes en el mundo que estamos viviendo.
Tan importantes, que hay diez mil empresas firmantes del Pacto
Mundial en todo el mundo. Lo que no quiere decir que todo el
mundo haga las cosas que el Pacto Mundial le pide, y que
desarrolle y cumpla esos principios que aparecen en el Pacto
Mundial. Pero, seguramente, el futuro pasa porque las empresas
seamos garantes del cumplimiento de los derechos humanos, y no
solo garantes sino fomentadoras de los derechos humanos,
cumplidoras exigentes de esos derechos, para que de una u otra
forma le enseñemos a los estados que ellos no fueron capaces de
poner en marcha eso que se llamó derechos humanos, y que nació
en 1948, después de la Segunda Guerra Mundial. Nunca se
cumplieron los derechos humanos, porque en muchos países no
quisieron que se cumplieran. Y ahí tenéis la lista de las
Naciones Unidas en donde sale el cumplimiento de los derechos
humanos, y aparecen decenas y decenas de países en donde se
pisotean los derechos humanos. La
importancia económica y social que hoy tienen las empresas, su
compromiso con los derechos humanos y con el Pacto Mundial nos
va a permitir seguramente que seamos capaces de articular un
sistema en donde las cosas se hagan de una forma diferente, y
en donde las personas estemos sustentadas por una peana que es
la sociedad.
Es decir, lo más importante que hay en el mundo, más allá de
empresas y organizaciones e instituciones son las personas,
principio y fin de todas las cosas. Y lo social se justifica
solo como peana de lo individual, lo social se tiene que
justificar como plataforma de la persona.
Las personas tenemos que dirigir nuestros esfuerzos
fundamentales.
A mí me gusta también hablar de responsabilidad social de
las organizaciones. Está claro que las empresas no son el
exclusivo ADN del mundo económico y social. Es verdad que las
empresas son la mitad del PBI mundial, pero aquí hay
organizaciones, instituciones y Estados, y hay medios de
prensa. A todo el mundo tendríamos que pedirle responsabilidad
social, por eso creo que cuando hablamos de responsabilidad
social sin apellido, o poniéndole la “o”,
responsabilidad social de las organizaciones, estamos metiendo
en el mismo saco a este compromiso común que se llama el
cumplimiento de nuestros deberes, el compromiso
con la sociedad que nos da cobijo, y el cumplimiento de la ley
que al fin y al cabo es lo que fundamentalmente importa, sobre
todo cuando hablamos de estos temas.
Mirad, yo creo que tendríamos que ser capaces de crear
empresas y organizaciones ciudadanas, esas empresas, esas
organizaciones, esas personas que además de tener claro lo que
tienen que hacer y el cumplimiento de su deber son capaces de
comprometerse socialmente, y de tener una relación de equidad
con el conjunto de los grupos de interés que le rodean, o con
las partes interesadas, porque siempre hay un horizonte ético
de responsabilidad sin el cual la vida en común es imposible.
Si recordáis “Rebelión en la granja”, 1984, el
famoso autor inglés que las produjo, que era un especialista en
Dickens, cuando en 1952 dicta una conferencia hablando de
Dickens, lanza el concepto del common decency, de la decencia
en común. Es decir, de la infraestructura moral básica que hace
que las empresas, las organizaciones y las personas puedan ser
más justas y más equitativas. A la búsqueda de esa decencia
común, a la búsqueda de ese sustrato moral básico que nos haga
seguramente diferentes, pensando en el futuro, es hacia lo que
tenemos que dirigir nuestros pasos las personas que creemos en
esto de la
responsabilidad social.
Y os dejo, para acabar, un hermosísimo verso de Walt
Whitman, que cuando hablaba de personas y de futuro fue capaz
de escribir: “Surgirá un nuevo orden y sus hombres serán
los sacerdotes del hombre, y cada hombre será su propio
sacerdote”. Muchas gracias.
Preguntas del público al disertante
Pregunta: Hace veinte años, la responsabilidad social
estaba a cargo del Estado, en términos de educación, salud,
seguridad, justicia. Hoy es como que esa responsabilidad social
se la estamos transfiriendo a las empresas ¿estaremos
privatizando la responsabilidad social?
JA
Hemos estado en trance de privatizar la responsabilidad
social. Hace veinte años, y hace más todavía, el papá Estado
respondía de todo. Cuando hace veinte o treinta años, empiezan
a privatizarse empresas que prestaban servicios públicos, la
gente empieza a pedirle a esas mismas empresas, acá y fuera de
acá, que le den lo mismo que el Estado les daba, desde tarifas
bonificadas, beneficios sociales, y un montón de cosas más.
Está claro que desde hace treinta
años, las empresas, el mundo ha sufrido una transformación
económica de tal naturaleza que las empresas hoy, como dije al
principio, tienen tanta importancia en el mundo económico que
suponen prácticamente la mitad del PBI mundial. Eso supone que
la empresa tiene que representar un nuevo rol que hasta
entonces no representaba, porque son algo más que grupos de
personas, donde se juntan el capital y el trabajo, y sacan
adelante un proyecto. Hoy la empresa le importa a sus
accionistas, a sus proveedores, a sus clientes, a su sindicato,
a los medios de
comunicación, y a todo el mundo; al lugar donde esté instalada
esa empresa, y a todo el mundo, sea grande o pequeña. Porque
una tienda me importa a mí que funcione bien, siendo una Pyme,
cuando está en un barrio y es capaz de ofrecer la mejor
alimentación, con cercanía posible, a los vecinos de ese
barrio, y además también es capaz de fiarte cuando no tienes
dinero, y tú le pides kilo y medio de mortadela para alimentar
a los tuyos. Está claro que no estamos privatizando la
responsabilidad social, pero sí estamos haciendo que el mundo
entero se percate, empresas, organizaciones e instituciones, de
que si esto lo queremos sacar adelante es obligación y tarea de
todo el mundo. Multilateralidad, en un mundo global, las
soluciones son globales. Lo que no podemos es continuar en un
mundo global en donde la brecha entre países ricos y países
pobres en lugar de aproximarse, se distancia, y más que brecha
se convierte en cima.
Pregunta: ¿La responsabilidad social es un concepto
esencialmente económico, o tiene una trascendencia espiritual?
JA
Creo que tiene un origen no espiritual, pero sí muy
importante porque estamos hablando de compromiso ético. La
responsabilidad social es sobre todo un compromiso ético, y eso
al final se traduce en algunas acciones de tipo económico. Pero
el compromiso ético parte fundamentalmente de los valores.
Cuando hablamos de responsabilidad social, no estamos hablando
de acciones, estamos hablando de valores que a su vez son
capaces de crear valor. Y eso es lo que el mundo está
demandando hoy, a las empresas, a las organizaciones,
y a las instituciones, y a los estados, sin que se estorben
unos con otros. Pero que cada uno sea capaz de representar su
propio papel, como realmente le corresponda. No les pidamos a
las empresas más allá de lo que puedan dar, no les pidamos a
los Estados más de lo que puedan dar, y entre todos pongámonos
de acuerdo para hacer que los ciudadanos puedan vivir un poco
mejor, que es de lo que se trata en definitiva.
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